Me llamo Mark Thompson, nací en el año 1813, en la preciosa comarca de Canterbury, al este de Londres. Os voy a contar la historia de nuestro apellido en el periodo de la revolución industrial.
Allá en el año 1785, mis abuelos vivían y trabajaban en el campo. En estas tierras, se dedicaban a plantar y recoger hortalizas. En las épocas en las que no se podía cultivar nada debido al fuerte y duro frío inglés, pasaban los días en casa hilando y tejiendo a merced de un comerciante londinense que suministraba el género bruto y recogía las piezas cuando ya estaban terminadas(1). Mis abuelos tenían que trabajar a destajo, tanto en el campo como en casa, puesto que la venta se producía por unidad. Por estos tiempos, mis abuelos vivían en una casa sin muchas comodidades, un sitio donde guisar, donde dormir y una pequeña mesa. Pocos años después, en la primavera de 1790, se produciría el nacimiento de su primer hijo, Marcus, un muchacho pelirrojo que no llegó a cumplir los dos años ya que murió de una fuerte infección. Tras él, vino mi padre, Josh y mis tias Evelin y Susan, por último, nacería mi tío favorito, Jake.
Veinte años más tarde, ya en 1810, la vida de nuestra familia cambió por completo. El trabajo en el campo era cada vez más escaso debido a la introducción de maquinaria, lo cual repercutió gravemente en la vida de nuestra familia. Mi abuelo perdió el trabajo que llevaba realizando durante más de 25 años y nos vimos obligados a comenzar a trabajar en fábricas textiles y de maquinaria.
El que más suerte tuvo, fue mi tío Jake ya que fue acogido por un experto alfarero londinense, trasladándose a la capital a los pocos meses. Tio Jake siempre nos contaba que el trabajo en la ciudad era bastante distinto al que realizaba en el campo. Su taller de alfarería se encontraba localizado en la planta baja de la casa del señor Boggans. En la misma calle, se encontraban todos los alfareros de la ciudad, es decir, la calle en la que mi tío vivía constituía gran parte del gremio de la alfarería, dando nombre a la calle de los alfareros. En este taller trabajaban pocas personas y había un trato muy cercano entre los trabajadores y el maestro artesano (2).
En el año 1813, nací yo. En ese momento, mi padre se encontraba trabajando en una fábrica textil emplazada en una gran extensión de terreno a las afueras de la ciudad, ya que el suelo allí era más barato. El trabajo en la fábrica estaba subdividido y era muy fácil de aprender. Los obreros estaban aglutinados en poco espacio y trabajaban una gran cantidad de horas por un salario muy bajo. Ya con siete años, empecé a trabajar en la fábrica textil. El empresario prefería tener en su plantilla niños y mujeres ya que eran más influenciables y se les podía pagar un salario menor. Aproximadamente, recuerdo que podría trabajar unas sesenta horas semanales. Mi trabajo, mayoritariamente consistía en anudar hilos rotos. Este trabajo no requería ninguna fuerza, sino una gran flexibilidad en los dedos. Además, nos tocaba hacer algo que me daba mucho miedo. Teníamos que meternos debajo de la máquina de hilado para limpiarlas mientras la máquina funcionaba ya que aumentaba el tiempo de producción.
Un año después me puse enfermo y el patrón, decidió despedirme y contratar a otro chico. Esto causó que la familia lo pasara mal, ya que las medicinas eran muy caras y además, perdió un salario en casa. Mi enfermedad se agravó a causa de un problema de alimentación, puesto que prácticamente no teníamos dinero para comprar comida y lo que nos podíamos permitir, era escaso y poco variado
Tres meses después conseguí recuperarme de la enfermedad por completo. Un amigo de la familia, consiguió que me dieran trabajo en una mina situada a las afueras de la ciudad. En ella trabajábamos gran cantidad de niños puesto que éramos más pequeños y hábiles que los adultos, lo cual nos permitía penetrar por estrechas galerías, arrastrando las pesadas vagonetas con carbón. Este era un trabajo muy duro y a menudo, morían niños ya que el esfuerzo que teníamos que realizar era muy grande. Día a día, teníamos que soportar en nuestro pecho los cinturones y cadenas que nos unían al carro. Durante esta etapa de mi vida, sufrí grandes dolencias en la espalda que aún me afectan a mi vida diaria ya que en todas las horas que trabajábamos, prácticamente no nos poníamos de pie. Además, este trabajo era agotador, ya que solo sabíamos a que hora empezábamos, pero nunca a que hora se terminaría. Recuerdo un día que llegamos a estar 16 horas metidos bajo tierra (3).
Cuando crecí, me despidieron de la mina ya que mi tamaño no era el idóneo para trabajar. En este momento, no encontraba trabajo por ninguna parte en Canterbury y decidí viajar a Londres a buscarme la vida(4). Mi tio Jake me sirvió de gran ayuda los primeros días ya que me acogió en su pequeña casa. Una vez en Londres y ya solo, comencé a buscar trabajo en la capital del comercio y del trabajo Inglés. Tras un par de días buscando sin respuesta, el patrón de mi tío me consiguió un trabajo en una nave textil por mediación de un cliente.
Comenzaría una nueva etapa en mi vida, ahora estaba solo y me tenía que ganar el pan con mi trabajo y mi esfuerzo. Las condiciones de trabajo eran malísimas, pero claro, yo no podía hacer otra cosa más que trabajar puesto que estaba solo y sin recursos. Las jornadas laborales eran muy largas, trabajándose incluso durante la noche para aumentar la producción. Como la fábrica se encontraba a hora y media al norte de Londres, me obligaban a dormir en la fábrica (5). Una de las cosas que más me impactaron, fue cuando el capataz de turno, obligó a una joven muchacha a limpiar una máquina en funcionamiento, por desgracia, a la niña se quedó enganchada en la máquina y salió descalabrada y con una pierna fracturada. Además de todos estos problemas, teníamos que trabajar a destajo, sin poder quejarnos del mal trato que nos daban, en un lugar con muy poca ventilación e higiene. En verano las naves eran frías y en invierno asfixiantes. El ruido de las máquinas era ensordecedor y las pequeñas fibras de hilo se introducían en la nariz dificultando la respiración. Sin duda, las horas se nos hacían interminables (6).
Se suponía que éramos obreros libres, pero claro, la situación era insostenible ya que nos encontrábamos atados a una plena esclavitud laboral. Teníamos que trabajar cómo y cuando ellos decían, sin importar el número de horas. En caso de que te negaras a hacerlo, tenías dos opciones, ser despedido, con lo cual, no trabajarías nunca más en una fábrica ya que te pondrían la etiqueta de polémico, o irte por tu propio pie de la fábrica. Lo cual tampoco mejoraría la situación, ya que saldrías de un matadero para meterte en otro de iguales condiciones. Nuestra situación laboral, era por tanto, la de ovejas que no pueden salirse del redil.
Cada vez había mas gente en la ciudad, lo que, unido a las pésimas condiciones laborales en las que nos encontrábamos, provocó que aumentara notoriamente la emigración hacia lo que entonces se llamó el Nuevo Mundo, la gente se trasladaba de nuestro país, hacia los Estados Unidos, tratando de huir de la sociedad pobre en la que nos encontrábamos. Pero no solo la gente se iba de las grandes ciudades a otros países, también la gente seguía el camino que yo seguí.
Dejando atrás la vida en el campo y viniendo a la ciudad a labrarse un futuro. Esto viene siendo conocido como éxodo rural y desencadenó grandes problemas en la ciudad. Por un lado, los barrios estaban densamente poblados y las calles estaban acumulando cada vez más desperdicios y basuras, por no hablar del estancamiento de aguas sucias y la mala ventilación. Este hecho provocó la aparición y proliferación de grandes enfermedades como el cólera y el tífus y la difusión de otras como la tuberculosis, la silicosis. Esto provocó un gran aumento en la mortandad de la ciudad, entre otras personas, mi tía Evelin murió por tífus.
Llego un momento, en que la situación en mi familia era tan mala, que mis padres y mi tía Susan tuvieron que venirse a vivir conmigo. Vivíamos en unas tristes y sombrías casas, la luz del día prácticamente no llegaba. No teníamos nada de mobiliario, aparte de los útiles del trabajo, algún puchero, alguna sartén, un par de sillas y un viejo colchón de paja. Bueno, si se puede catalogar eso como colchón, pues eran unas tablas sucias y mugrientas bajo paja húmeda y podrida y una tela mugrienta sobre ella. El mobiliario estaba roto y las ventanas permanecían cerradas cubiertas por un papel muy negro, debido a la ceniza que la luz no podía penetrar, construidas con materiales de poca calidad, con poco espacio y de manera muy precipitada, aglutinadas unas sobre otras. Las calles, podridas de basura, asfixiante olor a mugre, a suciedad, a basura… Los trabajadores, llenos de hollín, de polvo, su ropa, rota por todos lados, consumida y cubierta de capas y capas de suciedad.
Y sin embargo, luego veíamos como los burgueses y patrones de las grandes fábricas, explotadores de nuestro trabajo y nuestros recursos vivían en grandes y amplios barrios, tenían varias habitaciones amplias y con elevados techos, todas con su salón, su hall y su biblioteca. En su interior, se podrían ver cuadros, esculturas y espejos, un amplio mobiliario y en gran cantidad de ocasiones, un piano. Desde la calle se podía observar ventanales acristalados y balcones, diseñados por prestigiosos diseñadores, que se inspiraban en el estilo clásico(7). Qué gran diferencia entre unos y otros, bueno, intuyo que las casas eran así por lo que la gente nos contaba ya que, yo nunca entré en una de esos abultados edificios que parecían el cielo al lado de nuestras humildes viviendas.
Tras varios años de sufrimiento y mala vida, la situación en el trabajo era insostenible. Los obreros estábamos cada vez más unidos y llegó un punto en el que ya no aguantábamos más. Con miles de compañeros en las calles despedidos por los patrones y con unas condiciones de trabajo pésimas, viendo como cada día moría mas gente en las fábricas, decidimos hacer algo. El detonante fue cuando vimos a uno de los encargados pegar a una de las tejedoras. La mayoría de los obreros de la fábrica decidimos levantarnos de nuestros puestos de trabajo para evitar esta situación. Comenzaría en este momento la rebelión obrera contra la burguesía industrial. Además de esto, la sensación de crispación en los obreros era notoria ya que a diario, veían como ricos holgazanes se aprovechaban de su esfuerzo para hacerse más y más ricos. No era comprensible como por más que trabajábamos y nos esforzábamos, cada vez vivíamos peor.
Nuestra acción llegó a oído de otros compañeros y poco a poco, las revueltas en las empresas eran cada vez mayores. Llegó un punto en que las protestas comenzaron a ser violentas, produciéndose en la ciudad las conocidas protestas luditas(8), en las que los obreros se dedicaban a quemar y destruir las fábricas y la maquinaria bajo el lema de… “si nosotros no somos ricos, vosotros tampoco”.
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